Decir lo valiente que es Aquí no ha pasado nada es quedarse corto, la película chilena inspirada en uno de los casos policiales/judiciales/político/sociales más impactantes del último tiempo, que involucra a Martín Larraín hijo del ex presidente de RN Carlos Larraín, quién atropelló a Hernán Canales y se fugó del lugar del accidente, lleva a Alejandro Fernández Almendras (AFA) a filmar y entregar rápidamente su segunda película que forma parte de su trilogía de la justicia. La primera es la excelente “Matar un hombre” y por otro lado, “Huacho” son las que películas que destacan dentro de la filmografía de este talentosísimo director chileno.

El film se enmarca dentro de la ficción/suspenso, por lo tanto se despega de inmediato del cine de denuncia como por ejemplo El Bosque de Karadima, porque no documenta como fue en la vida real, si no que ocupa el caso como base para mostrarnos un mundo del que en realidad sabemos muy poco, ese pequeño mundo de la clase alta que está más allá de la cota 1000 y que en el fondo, son los dueños de todo en este país, incluyendo la justicia.

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La historia trata sobre un joven acomodado, Vicente Maldonado Ross, el “Vicho” (Agustín Silva) un personaje muy desconectado de todo, que llega de rebote a un carrete de zorrones en Zapallar, conoce a un grupo entre los que está Manuel, quien pertenece a la honorable familia de los Larrea y se van de carrete en carrete cuando en un momento, pasa el accidente, se hacen los locos y luego de eso, todos los demás cabros que iban en el auto comienzan a cargarle la culpa a que él iba manejando y no Manuel Larrea. En una de las primeras escenas hay un momento del carrete donde le dice en tono de broma “oye pero tú eres primo de todo el mundo”, y es ese todo el mundo, donde todos se conocen o se ubican, los apellidos, el barrio, el colegio, la universidad, las redes y las influencias, es de lo que finalmente nos quiere mostrar Fernández. Para ellos no hay más mundo que ese, todo el resto somos invisibles. De hecho la película impresiona porque se mueve en un nivel de metáforas y sutilezas como el desenfoque sobre el cuerpo de la persona atropellada a quien nunca vemos ni si quiera cuando la atropellan, es más, es tratada como un simple bulto, un cacho; o de cómo los carabineros le hablan a este cabro como si fueran camareros solo por ser de clase alta; o de cómo durante la primera parte la cámara se mueve como un curioso testigo, pero sin entrometerse, mostrando detrás del auto donde en cualquier momento puede pasar algo, tomando distancia, porque no quiere que empaticemos con esa gente. Y me refiero a “esa gente” porque el esfuerzo de la película está en retratar de manera precisa a estos personajes tan distintos, tan ajenos a la realidad, que carecen de conciencia alguna sobre lo que pasa a su alrededor. De hecho no creo que haya momentos donde estos cabros se den cuenta lo que significa haber matado a una persona. Es el mejor retrato que he presenciado de una sociedad/generación a la cuál nada le interesa nada. No hay lazos entre ellos, los personajes jóvenes difícilmente saben articular lo que sienten, son irresponsables a todo nivel, y en contrapunto, la mamá del protagonista (Paulina García), el tío abogado (Alejandro Goic) son los más lúcidos frente al tema pero muy hastiados de la situación, que se traduce finalmente, en un tema de plata. Hay un momento donde la mamá va a buscar al “vichito” a la comisaría y ni siquiera lo reta o lo reprime de alguna forma, o peor aún, más adelante cuando habla de que vende su casa en 750 palos, como si hubieta revendido un vestido. Son esos detalles los que hacen la película.

Por otra parte está el abogado de los poderosos, el “Perro” Barría (Luis Gnecco) quién personifica ese practicismo demoniaco que es en gran parte lo que provoca la deshumanización de la verdad en referencia a captar los hechos. Tiene la mejor escena de todas que transcurre en la playa, donde le cuenta una historia a Vicente que de cierta forma, es la clave que resume toda la película y los poderes que están en juego en nuestra sociedad.

Hay humor muy negro en los momentos necesarios que funcionan como válvulas de escape a la tensión. A diferencia con el corto “La propuesta” en Relatos Salvajes (2014) que es una sátira de trazo grueso, una caricatura que te pone en el lugar correcto de la moral. Acá es otro el tono, Fernández quiere ubicarnos en un lugar incómodo de resignación donde vislumbramos con dificultad una situación indignante.

Más allá de alabar algunas actuaciones, lo admirable de su fotografía, la manera de cómo filman la noche, el ritmo, la tensión que no te suelta nunca y el soundtrack que está a otro nivel. Estamos frente a quizás la mejor película chilena de los últimos años, y sin duda, la mejor película de Fernándes Almendras, ya derechamente como autor consagrado con un leguaje propio. Que logra de manera implacable mostrarnos de la forma más incómoda una otredad, una sociedad en la cual todos estamos mezclados en esta indecente familia llamada Chile. Donde más que unirnos o indignarnos públicamente por redes sociales, plantea una reflexión amarga de por qué esa mafia horrible e inmoral controla nuestro país, y qué tenemos que ver nosotros con ello. La escena final es eso: una tribu a la cuál haga lo que haga, nunca le va a pasar absolutamente nada.

NOTA Aquí no ha pasado nada - Alejandro Fernández
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