Nunca me ha gustado el término gamer. A mi en lo personal me encanta jugar (y mucho), pero no disfruto al ser encasillado en una tendencia que ha perdido su esencia con el paso del tiempo.  No estoy diciendo que sea malo ni mucho menos, pero nuestra nueva generación jamás sabrá lo que era de verdad jugar con amigos y más aún, estrujar un cartucho hasta más no poder.

El multiplayer de ese entonces.

Y es que la cosa es así, con el tiempo nos hemos ido quedando en la flojera y ahora las cosas son tan simples como escribir en Google: guía para Super Mario Bros y ya, prácticamente lo damos vuelta sin importar el grado de complejidad del mismo o las posibles alternativas que tengamos para un mismo final. Y eso es solo la parte fácil, pues cuando uno era chico tenía que saber inglés a la fuerza porque si no, un simple A Link to the Past se convertía en una verdadera odisea la que además, sumada al reducido circulo de amigos que en ese momento tenían tu misma consola y más aún, asumiendo que tengan el mismo juego que tú, era una meta casi imposible en por lo menos los tres primeros meses.

Antes eramos sólo videojugadores. No nos llamaban ni hardcore ni casual gamers, sólo nos preocupábamos de entrar a un mundo nuevo sin pagar DLCs con el fin de sacar los trajes ocultos. Ahora no, todos los años sacan los mismos FPS y juegos de fútbol, dejando de lado que el mejor juego no es aquel con mejores gráficos o guión, sino el que te aleja de este mundo por un ratito.

Chile nunca ha sido un país gamer pues lamentablemente el precio de una consola versus el sueldo en ese entonces era un trecho muy amplio en el que si bien tener una consola ya era un logro, comprar juegos era el verdadero atado de todo este asunto. Recién hace una década nuestro país comenzó a abrirse al mercado internacional y empezó a ser considerado como cliente objetivo para las grandes empresas que lideran el monopolio de la entretención digital. Empresas como Sony, hace quince años, no tenían idea de lo que Chile podría llegar a entregarles por lo que nosotros, en una suerte de adaptación a la globalización, simplemente nos apegamos a la piratería (recordemos el lanzamiento “alternativo” del Final Fantasy VIII en el Bío). Ahora no, los juegos están a la vuelta de la esquina y está lleno de comunidades que venden sus posesiones, las intercambian o simplemente las publican con el fin de alardear logros.

Los niños de ahora, disfrutando de las consolas de ahora.

Y es que las cosas están así ahora, los gamers de ahora la tienen fácil. Vuelvo a insistir, esto en lo absoluto es malo. Al contrario, es un privilegio el que nuestros hermanos chicos puedan disfrutar de este hobbie de una manera tan simple y rápida, llegando inclusive a aprovechar los sitios web como fuente de aprendizaje express. Youtube, Facebook, Twitter o Google se encargan de hacer la pega difícil y queda simplemente el aprovechar el esfuerzo ajeno para así completar diferentes títulos de manera exitosa.

Por eso quizás es que P.T. fue una buena estrategia. Kojima quería recuperar lo de antaño, quería que hubieran nuevamente esos grupos que se juntaban a conversar sobre como sacar una flauta adicional en algún Mario, o como poder pasar los dos minutos en el modo versus del Tony Hawk’s Pro Skater 2. Hideo sabía que si su juego era lo suficientemente intrigante, podía generar un montón de mitos acerca de lo que podía o no pasar en su pequeño demo (obviando el que nunca saldrá, que es tema aparte).

No quiero que con esto se piense que soy un conservador de lo clásico, un defensor del guión antes que los gráficos o un partidario de que el multiplayer de ahora nunca será mejor que jugar con nuestros vecinos en un televisor CRT. Al contrario, solo quiero dejar en claro que la sociedad cambia, y que tanto el antiguo player así como el nuevo, siguen siendo personas unidas por un mismo vínculo: JUGAR Y DIVERTIRSE.

 

 

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